Jean-Philippe Vielle sobre Testigo anticipado

Esta intervención de Jean-Philippe Vielle fue presentada en la UANLeer 2026 con motivo de la primera presentación de Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo, novela de Bernardo González-Aréchiga. Su lectura propone entender la obra a partir de tres fatalidades de la condición humana: la imposibilidad de la ubicuidad, la muerte sin conocer la verdad y el silencio definitivo de quienes amamos.

Desde esa perspectiva, Testigo anticipado aparece como una novela que imagina futuros posibles para enfrentar los límites más profundos de la existencia humana. Martín Möbius, viajero temporal y testigo anticipado, permite observar ciudades futuras, nuevas formas de inteligencia, mutaciones tecnológicas y dilemas civilizatorios que obligan a reinterpretar el presente.

Tres fatalidades de la condición humana

Existen tres elementos tangibles de nuestra realidad actual que se constituyen como trágicas fatalidades de la condición humana. Limitan nuestra existencia más allá de lo posible y nos condenan a someternos con resignación a nuestro irremediable destino.

Primera fatalidad: no tenemos el don de la ubicuidad

La primera de esas tres calamidades es que no tenemos el don de la ubicuidad. Somos seres monopresentes y secuenciales.

Estamos aquí, y sólo aquí, ahora. El tiempo nos somete al yugo del instante. Esquizofrénicos, podemos inventarnos cien identidades con una creatividad pasmosa, pero irremediablemente sólo podemos ejercerlas una por una. Peor aún: sólo podemos pensar en un razonamiento a la vez, antes de pasar al siguiente.

Segunda fatalidad: morimos sin conocer la verdad

La segunda fatalidad es que morimos sin conocer la verdad. Desde que surge la consciencia, nos vemos obligados a indagar para tratar de comprenderlo todo, pues nacemos sin conocer nada. Quizá por ello la investigación científica es la más natural, pero también la más frustrante, de las prácticas profesionales.

Nos pasamos la vida investigando para tan sólo aproximar la verdad: migajas de saber ante la inmensidad del cosmos y ante el pequeño punto azul pálido en el que transitamos y morimos sin conocer la respuesta a nuestras preguntas más entrañables.

Mención aparte merece el suicida. Al tener un lenguaje especial, como los carpinteros, quiere saber con qué herramientas. Pero nunca resuelve la verdad sobre por qué hacerlo.

Tercera fatalidad: no podemos volver a comunicarnos con quienes mueren

Lo anterior me lleva a la última, y no menos dolorosa, de nuestras fatalidades: mueren los seres que amamos y somos incapaces de volver a comunicarnos con ellos. No digamos ya abrazarlos, suena cursi. Mucho menos mirarlos a los ojos. Tan sólo comunicar. Ni para qué insistir; saben demasiado bien de lo que estoy hablando.

Testigo anticipado frente a esas fatalidades

Testigo anticipado, de Bernardo González-Aréchiga, tiene la virtud de proponer soluciones múltiples a estos tres dilemas de la condición humana. Lo logra de la única manera posible: vislumbrando futuros a partir de la inusual lucidez narrativa de su personaje principal, Martín Möbius, un viajero en el tiempo capaz de facilitarnos la tarea de integrar e interpretar el presente.

Un presente que reconocemos complejo y ambiguo, y que actualmente parece sucumbir ante la autoridad totalitaria y la abrumadora velocidad con la que se generan nuevas formas de inteligencia, esculpidas a nuestra imagen y semejanza. Möbius viaja a ciudades futuras desperdigadas por el planeta, disímbolas y contrastantes.

La respuesta a la falta de ubicuidad

Ante la ausencia de ubicuidad, la novela imagina la capacidad futura que tendrá la humanidad para copiarse por clonación. Ante el problema de la muerte sin conocer la verdad, la especie humana abandona su pesada anatomía corporal para asumir una constitución ágil y etérea en la que prevalecen la intuición y quizá el alma.

En esos futuros se adoptan nuevas formas de inteligencia que transmiten conocimiento de manera directa y perfeccionan la búsqueda de la verdad, de una generación a otra, a partir de la implantación de destrezas preestablecidas y de la asimilación de saberes.

En Testigo anticipado —por fortuna— ni la escuela ni la universidad tienen futuro. Vaya paradoja para el doctor González-Aréchiga y la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Futuros posibles, catarsis y sabiduría

Las transformaciones evolutivas que sufre el planeta y sus habitantes son rápidas: trescientos años, apenas un suspiro frente a los treinta y seis millones de siglos que tiene el origen de la vida. Son también dolorosas, astringentes y a menudo violentas.

Son futuros posibles inmersos en catarsis y sabiduría; colapsos y recuperaciones; huecos y mentiras históricas; pero también iniciativas civilizatorias brillantes que preservan la grandeza humanística de nuestra especie.

Testigo anticipado cultiva la diversidad cultural como elemento toral de especialización en geografías futuras. Con extraordinaria capacidad de síntesis premonitoria, logra visualizar la integración de las tecnologías emergentes con la esencia de la naturaleza humana a través de nuestro comportamiento y de los principales problemas que padece el planeta.

La novela aborda los impactos futuros de la pobreza, la desigualdad, el calentamiento global y los movimientos migratorios. Pero también explora las consecuencias del progreso derivado del conocimiento acumulado en matemáticas, cuántica, genómica, ecología y, por supuesto, computación.

La madre de todas las batallas en materia de transición tecnológica apenas empieza, pero ya vislumbramos los alcances de la inteligencia artificial de manera palpable. El presente empieza a sentirse profundamente obsoleto y arcaico.

La muerte, la memoria y la posibilidad de comunicarnos

Me faltaría mencionar las soluciones que el libro de Bernardo ofrece para la más dolorosa de nuestras limitaciones: la que nos impone el silencio de los que mueren.

Confieso que la palabra “resignación” me causa náuseas. No encuentro costumbre nacional más abominable que la de “desear una pronta resignación” al dar el pésame.

Para no revelar los secretos del futuro, no mencionaré cómo los viajes de Möbius resuelven el dilema. Pero ¿y si de pronto el cerebro fuese, en realidad, un parásito del cuerpo? ¿Y si su verdadero destino evolutivo fuese lograr copiarse de manera sintética para desprenderse de su esclavizante realidad biológica? ¿Y si estuviera diseñado para alcanzar la inmortalidad a partir de los nuevos modelos de lenguaje y la memoria electrónica?

Bernardo González-Aréchiga y el apocaloptimismo

Tengo el privilegio de conocer a Bernardo desde que era niño. Al ser bastante menor que él, pasé largas temporadas observando y analizando con detenimiento la esencia de su vitalidad voraz.

La idea subliminal era, por supuesto, emularlo. Siguiendo sus pasos, quise ser futbolista, arqueólogo, maestro en el arte de la hipnosis, pianista, topógrafo, patinador sobre pisos de duela, alpinista.

Jamás me imaginé que, para su segunda vida, esa que él dice iniciar con la misma intensidad que la primera, sería el propio Bernardo el que escogería acercarse a mi oficio.

Con esta primera entrega, Bernardo se descubre como un científico integrativo, naturalista de futuros y uno de los primeros apocaloptimistas: un nuevo gremio dedicado a vislumbrar el apocalipsis con optimismo, en tránsito temporal hacia lo que nadie quiere perderse.

¿O acaso alguien de ustedes piensa escapar antes de que concluyan los próximos trescientos años?

Enhorabuena, Bernardo. Felicidades, deseando una larga, intensa y reveladora vida para Martín Möbius.